Un Mundo Feliz y la Muerte del Cristianismo
- Eduardo Sasso

- May 4, 2023
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“La felicidad debe simplemente acontecer, y lo mismo es cierto para el éxito: ambos suceden cuando nos dejan de importar.” — Victor Frankl
Se dice que cualquiera puede ser sabio viendo hacia atrás; sería muy fácil no cometer errores pudiendo regresar el tiempo para evitarlos. Pero son pocos quienes demuestran su lucidez prediciendo el futuro más allá del horizonte, como en el caso de la novela distópica Un Mundo Feliz, escrita en 1932, y considerada hoy como uno de los libros más importantes del siglo XX.
Las razones de su popularidad se deben en gran parte a la capacidad visionaria del autor. Proyectándose varios siglos después de la Revolución Industrial hacia el año 2540 d.C., las páginas de esta obra visionaria predicen con precisión alarmante varias consecuencias del crecimiento urbano y tecnológico con el que nos enfrentamos en la actualidad.
Hoy nuestra sociedad no está lejos del laboratorio artificial con el cual arranca el primer capítulo: un criadero humano para engendrar y manufacturar bebés en cápsulas de vidrio, y también para el lavado de cerebro de tales ciudadanos emergentes. También ya presenciamos varias otras predicciones: el imperativo de comprar y comprar, la creciente desaparición del matrimonio, y la normalización de la promiscuidad y de las relaciones descartables.

Esas son algunas de las marcas del Mundo Feliz: uno en donde algunos presentan a la civilización urbana ‘de avanzada’ como el destino inevitable y vencedor de culturas campestres y ‘salvajes’. De ahí que en el Mundo Feliz se celebra la victoria del consumo a cuestas de sacrificar el heroísmo individual y el amor por la naturaleza. Y es por eso también un lugar de manufactura artificial del pensamiento, de control de mentes débiles, de personas desechables. Para perpetuar la cosificación de personas y lugares, el Mundo Feliz le apuesta al apetito insaciable por el entretenimiento, por las luces de neón, por las sustancias psicotrópicas, y, sobre todo, por tener sexo sin ataduras ni compromisos.
Interponiendo campo con ciudad, la sátira de Huxley contrasta así las innovaciones de la vida urbana ‘civilizada’ con las ‘inconveniencias’ de un pasado agrario tradicional —y el contraste deja pensando en lo que hayamos estado sacrificando en esta transición—.
Pero no fue un alarmismo simplista ni una nostalgia sentimentalista lo que le dio lugar a los 18 capítulos de la épica futurista. Más bien, la obra fue fruto de un deseo genuino de evitar los totalitarismos culturales que vienen con la supuesta estabilidad social. La sátira distópica del crítico británico fue un anhelo por dejar atrás el mal amansamiento; un esfuerzo por sacudir con sarcasmo e ironía a una sociedad anestesiada por el perfume, la efervescencia, y el entretenimiento. Fue eso lo que vació el tintero de Aldous Huxley, quien fue defensor —no del individualismo— pero sí de la individualidad y la autenticidad y de la libertad auténtica que las acompaña.

Al tener estilos de vida cada vez más urbanos y virtuales en el siglo XXI, ¿qué lecciones podemos aprender de la obra maestra de este profeta cultural? La pregunta cobra relevancia en cuanto a nuestra relación con la Tierra, nuestro Hogar Común. Y cobra especial relevancia en relación a porqué las relaciones de pareja parecieran hoy durar cada vez menos y ser cada día más difíciles y pasajeras.
El Precio del “Soma”
Determinados en eliminar todo sentimiento de sufrimiento o de malestar, los ciudadanos del Mundo Feliz encuentran su remedio en unas píldoras todopoderosas. Las recetan y las consumen como pan caliente: para aplacar la impaciencia, la ansiedad, el miedo. Y hasta para vencer el asco y aliviarse de todo lo que amenaza la felicidad.
Las llaman “soma” —la palabra en griego para ‘cuerpo’—, porque en el mundo distópico de Huxley el mayor pecado es no ser feliz de pertenecer al ‘cuerpo’ social. El mayor pecado es no estar alineado con el Sistema Predominante; es cuestionarse lo establecido y preguntarse si hay algo más allá de caminar en círculos persiguiendo infinitamente el placer y la supuesta felicidad.

Se convierte así el soma en la escapatoria perfecta para diluir las disonancias. El soma anula el pensamiento crítico y castra toda emoción. Su único fin es generar placer y éxtasis inmediatos y así proteger el aura sagrada del estatus quo y de la unidad social. El soma es la droga sutil para quienes no quieren gastar energías en despertar y ser libres porque prefieren continuar sometidos como siervos menguados del Sistema.
Pero es también el reemplazo de la literatura, y de lo bello y lo antiguo. La élite del Mundo Feliz no quiere que nadie se sienta atraído al pasado. Sólo lo nuevo cuenta. Así que, junto con el soma, viene también el lavado de cerebro de los bebés mientras duermen. Ningún mejor remedio contra el pasado que horas incontables de exposición inconsciente a grabaciones con clichés prefabricados:
“Ending is better than mending”
“Orgy-porgy, Ford and fun...”
“Everyone works for everyone else”
Puesto en tico: “botar es mejor que reparar”; “canchis canchis, andar en carrazo y tomar birrita”; “que vivan siempre el trabajo y la paz”.
El Nuevo Opio del Pueblo
En el Mundo de Huxley, los Condicionadores —quienes controlan la sociedad— saben que la verdad es una amenaza. Están al tanto que los libros son algo que evitar y que la ciencia es un peligro público. No quieren que nadie lea. De ahí que las élites esconden las obras de Shakespeare y de varios otros. Y esconden también La Biblia. El soma se convierte, más bien, en el reemplazo del saber, de la ciencia, de la poesía, y sobre todo de la religión.

El Mundo Feliz es uno en el que han dejado de existir las iglesias. Todas las cruces han sido decapitadas en el nombre de la industria y del comercio. En cambio, las cruces tienen forma de ‘T’—honrando al ‘Modelo T’ del vehículo revolucionario producido en masa por Henry Ford—. (Sucede que la trama distópica tiene lugar en el año 632 ‘después de Ford’.).
Leyendo entre líneas: según Huxley, la revolución industrial fue la que marcó el verdadero antes y después. Los artículos baratos producidos en masa, y la facilidad de desplazarse que trajeron los automóviles, fueron en gran parte las culpables de la eventual muerte del cristianismo y de las sociedades agrarias y ‘salvajes’. Andar en carro, con tenis Nike, sacó de moda montar en burro y usar sandalias como las de Jesús.
Las comodidades de la industria y la libertad de poder cruzar largas distancias provista por el nuevo automóvil modelo ‘T’ perturbaron así la vida en comunidad, obstruyeron la cercanía con la naturaleza, y comenzaron también a desgarrar el tejido social dado por un hecho en los tiempos previos de la ‘t’ cuando el referente era la Cruz.
¿Para qué rezarle a Dios por lluvia si el supermercado siempre vende frutas frescas? ¿Para qué trabajar en conjunto, en familia, si la batidora de papas pone en desmoda triturarlas a mano, o la lavadora de ropa se ocupa de sacar hasta la última mancha? ¿Para qué conversar con los vecinos si los shows masivos en la radio y en la televisión son más entretenidos? Las pantallas, y las ondas de luz, y los shopping malls y sus miles de tiliches ensomados se convirtieron así en el nuevo opio del pueblo.
Para perpetuar todo esto, los Condicionadores del Mundo Feliz entrenan a los bebés a odiar los libros y todo lo relacionado con la vida. Desde muy pequeños, los exponen brevemente al olor de las páginas y de las flores mientras los bombardean adrede con música diabólica a todo volumen. Aprenden de esa manera los infantes a asociar los libros y lo natural con algo que les genera trauma y repulsión. Los Condicionadores necesitan ciudadanos con mentes básicas y sentimientos artificiales.
¿Pueblo Sometido a un Cristianismo Domesticado?
Paréntesis: Al igual que la verdad, estas predicciones de Huxley no pecan por más que incomodan. Estando tan sumergidas en el Mundo Feliz al punto de no darse cuenta, hoy muchas iglesias son poco más que un reflejo de la cultura que las envuelve y las infiltra. La principal diferencia es que tienen un ‘sabor cristiano’. Por un lado, el grueso de las iglesias desconoce del todo su llamado ecológico, enclaustradas en edificios sintéticos con luces artificiales y parlantes a todo volumen. Por otro lado, se mercadea a Jesús como un ‘helado’ y a cada iglesia como un ‘sabor’ a elegir por un público espectador más proclive al consumo que al sacrificio.
Hoy también gran parte de la fe cristiana ha sido convertida en producto terapéutico al alcance de las sociedades del consumo. Florece el llamado ‘evangelio de la prosperidad’; miles de comunidades de fe ignoran su vocación social para convertirse en centros de terapia interpersonal o de entretenimiento espiritual; se tergiversa la plenitud del mensaje del reino de Dios en la tierra y se predica, en cambio, una especie de seguro contra incendios para garantizar una supuesta eternidad en el cielo a quienes lo creen; se cantan canciones de ‘adoración’ que, además de ser monótonas y sin mayor originalidad ni profundidad musical, en su mayoría tienen más que ver con ‘yo’ y con ‘mi’ y con ‘me’ que con el Dios a quien en teoría se rinde homenaje.
En resumen, se tijeretea y se mercadea la fe de acuerdo a los gustos y caprichos del consumidor, aniquilando la visión sacrificial de renovación cósmica propia de los orígenes del cristianismo apostólico que instauró Jesús. Y se promueve así una cruz perfumada y decapitada.
Moralidad Embotellada
Dados los vacíos que dejan tales intercambios, de ahí que el soma existe para aliviar el enojo, para reconciliar tensiones con enemigos, para hacerlo a uno paciente y capaz de soportar el sufrimiento. Lo que antes se alcanzaba a través de largos años de entrenamiento moral y espiritual, en el Mundo Feliz se alcanza de inmediato con tres píldoras y media. Según Huxley, los ciudadanos ensomados carecen de fortaleza interna. Son impulsivos y no tienen carácter. No mantienen compromisos. Son caprichosos y chichosos; dioses de sus mundos artificiales pero esclavos de sus impulsos aleatorios.
Poseen, en cambio, una dependencia infantil en lo que el autor llama la “moralidad embotellada” de sus pastillas. Las píldoras mágicas los hacen creerse todopoderosos —mientras dure su efecto—. Para Huxley, el soma representa así todo lo bueno del cristianismo, pero “sin lágrimas”. El soma es la castración del sentimiento, del coraje, de la tenacidad para soportar lo agridulce de la vida.

Y es también la manera de compensar la pérdida de libertades políticas y económicas. En el Mundo Feliz, las pastillas encantadas también van de la mano con el sexo recreativo, representando un verdadero cóctel de condicionamiento mental y de promiscuidad compulsiva. Se vuelve así normal y aceptado romper todo compromiso en el supuesto nombre de la felicidad individual y de la estabilidad social anestesiada. Las penas amargas de ser esclavos del Sistema se ahogan libertinamente persiguiendo incontables placeres en la cama. Tener sexo en el Mundo Feliz es lo mismo que tener hambre, conseguirse un chocolate, y luego desechar la envoltura sin más ni menos. Para citar a una tiktoker contemporánea: “hoy cambiar de novio es como cambiar de calzón.” O en palabras de Huxley: “Orgy-porgy; Ford and fun.”
Evaluando las Predicciones
Todavía faltan siglos antes del 2540 d.C. Sin embargo, las primeras décadas del tercer milenio ya han visto confirmar algunas de las predicciones del autor. Nos topamos hoy con junglas urbanas de concreto y la llamada “realidad” virtual. Se multiplica el entretenimiento mientras se concentra el poder en estados, corporaciones y en el puñado de magnates que las controlan con avaricia insaciable. Se hace común la disolución del matrimonio, mientras sigue en auge el sexo recreativo unido al bombardeo de cócteles psicotrópicos. Y a todo esto, reinan supremos lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman identificó como el “principio del placer” y el “amor líquido” —impulsos egocéntricos y ambivalentes que persiguen la felicidad instantánea sin mantener compromisos—.

En contraste, sin embargo, crece también el número de personas mal ajustadas —representadas por John, un personaje tachado como “salvaje” y “no-ortodoxo” por rebelarse contra el proyecto del Mundo Feliz—. Por ejemplo, hoy el movimiento orgánico, el regreso a la simplicidad voluntaria, y la economía solidaria —entre otros— dan evidencia de que cada vez somos más quienes sospechamos de los juegos de poder. En principio, no queremos nuestras mentes condicionadas, ni ensomadas, ni tampoco comer más cuento.
Nos identificamos, por el contrario, con la determinación de ese tal John, un “rebelde salvaje” que cuestiona la agenda de quienes adiestran el pensamiento de las mayorías del Mundo Feliz —a quien Huxley denomina ‘los Condicionadores’—. Queremos de ahí emprender en la aventura de zafarnos de las garras de la civilización y del soma. Anhelamos abandonar la asfixia de la cultura consumista buscando, en cambio, experimentar la verdadera libertad.
La Peccata Minuta. Vienen con letra diminuta, eso sí, el pie de página y las voces que nos incitan a no fiarnos de nada ni de nadie. Porque, más allá de los megáfonos del mercadeo, hoy nos vemos tentados a ser nosotros mismos los arquitectos de nuestra felicidad —aunque la dulce tentación es culpable de llevarnos a cometer el mismo crimen—.
¿Será que esa supuesta libertad para auto-definirnos y para hacer lo que nos ‘dé la gana’ es también es un mito que nos ha sido impuesto? ¿Será que la idea de ‘liberarnos de todo condicionamiento‘ es también en sí mismo un condicionamiento disfrazado; un supuesto policía con brazos abiertos que promete salvarnos pero que a la larga nos termina atrapando entre sus brazos?

Buscamos liberarnos de políticos corruptos, pero en seguida nos esclaviza la pasividad civil. Queremos más que Lady Gaga y Justin Bieber, pero terminamos convertidos en las superestrellas de nuestros selfies. Anhelamos dejar atrás la opresión del patriarcado o del machismo tóxico, pero a veces nos atrapa el sexismo o el feminismo resentido.
El escritor irlandés Clive S. Lewis iluminó este dilema en La Abolición del Hombre. Según Lewis, al buscar la libertad en los lugares incorrectos, la autonomía corre el riesgo de convertirnos en esclavos; pero no de nuestro corazón, sino de la panza y del instinto. A la larga, el querer ser las estrellas de la película nos hace encajar a todos en el mismo rol. Al querer sobresalir y ser diferentes, muchas veces terminamos siendo todos igualitos. Y la ansiedad que viene por estar cada vez más solos en la cama se busca saciar comprando mil y un tiliches, y también llenando las pantallas de fotos y videos imposibles de numerar. Anhelando convertirse en puntos de exclamación, en el fondo nos terminamos convirtiendo en un océano de signos de pregunta.
¿Quién podrá liberarnos de este dilema mortal? ¿Quién nos dará la fuerza para reemplazar la apariencia con la esencia y la seguridad de las pantallas con la apertura de corazones?
Liberando la Libertad
Escribo todo esto hablándome a mí mismo. Siendo parte de la generación millennial, es fácil sentirse atrapado por las fuerzas hegemónicas que quieren monopolizar el pensamiento. De ahí que uno se ve tentado a no aplaudirle a la apatía, a no comer ningún cuento, y a refugiarse, más bien, en las “comodidades lamentables” que repudió el filósofo nihilista Federico Nietzsche. Pan y circos, popcorn y Netflix; o, en palabras de Huxley, “orgy-porgy; Ford and fun.”

Pero son millennials también las voces creativas llamando a redefinir el entretenimiento y a quitarle al placer la última palabra. Sea redescubriendo el arte de la hospitalidad cocinando para otros; o ensuciarse las manos al reforestar barrios o sembrando parte de nuestros alimentos; o formar parte del saneamiento de cuencas y de corredores biológicos. Nuestras mesas no tienen porqué permanecer vacías; los suelos agrícolas tampoco tienen porqué sufrir, ni los ríos porqué llorar.
Inspirados por iniciativas como estas, cada vez más nos vemos llamados a redescubrir el sentido de la libertad más allá de las pantallas. El reto es dejar de entenderla como autonomía (“libre para elegir,” “libre para consumir”, “libre para ‘coger’”), y más bien comenzar a vivir la libertad como la capacidad de entregarnos de lleno a nuestros compromisos (“libre para cuidar a otros”, “libre para dar de mí mismo”, “libre para honrar a los demás”, “libre para resistir el mal y la avaricia”, “libre para seguir ahí cuando todo nos invita a huir hacia lo más cómodo”).
De la Felicidad al Contentamiento. La verdadera libertad permite también reflexionar y poner en práctica lo bueno, lo bello, y lo justo. En El Mundo Feliz, el proyecto de la civilización requiere sacrificar la belleza y la verdad para alcanzar la felicidad y el confort. Es un mundo de máquinas, de medicina científica, de clones humanos con deseos condicionados, de felicidad artificial endulzada por el soma. Es un mundo que brilla en la superficie pero que es hueco en el fondo, más allá de la apariencia.
Pero, según el crítico británico, ese es también un mundo sin poesía y sin peligro verdadero; un lugar que carece de libertad y de bondad. Es un mundo impecable y perfumado, pero sin Dios y sin pecado, representando así la supuesta victoria de la cultura ‘civilizada’ sobre la vida ‘salvaje’ del sentimiento, la religión, y la naturaleza.
“Las primaveras y los paisajes” reconoció Huxley satíricamente a través de uno de sus personajes villanos, “tienen un gran defecto: son gratuitos. El amor de la naturaleza no mantiene a ninguna fábrica ocupada.”
Leamos eso de nuevo.
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¿Será en la contemplación del mundo natural donde está escondida la sabiduría sagrada para vivir en contentamiento y en mayor armonía dentro de los confines ecológicos de nuestro Hogar Común? ¿Será ahí donde se esconde la felicidad, más allá de las cortinas de humo reggaetoneras de Bad Bunny y Karol G?
Tal vez no esté de más “lanzarse de lleno a prestarle atención a los pájaros del cielo” y “a los lirios del campo” revestidos de gloria, como lo encomendó alguna vez el Maestro Jesús al hacer referencia a los animales. Porque quizás esa interacción pausada y tangible con la naturaleza de la que habla Huxley sea el camino hacia un mundo siempre imperfecto pero auténticamente más feliz y más tranquilo.
Aunque sea en parte. Porque no son las pantallas ni la productividad ni la acumulación —sino el agradecimiento y el asombro— lo que nos ayudará a reconocernos como simples invitados en un universo que existe mucho antes de nosotros. Porque no hay mal que dure cien años, ni cuerpo ni planeta que lo resista. Porque no somos más que peregrinos invitados a maravillarnos de la inmensidad de un mundo que nunca ha sido nuestro.
Feliz, más bien, quien cae en cuenta de eso.
Eduardo Sasso es Máster en Teología Interdisciplinaria, consultor en economía circular, y el autor de Jesús Presidente, un libro reviviendo el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy.



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