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Ingeniero en Recuperación: Un Testimonio

Updated: Apr 3

“La poesía es cuerda porque flota fácilmente en un mar infinito; la razón busca cruzar el mar infinito, y así hacerlo finito. El resultado es el agotamiento mental . . . Aceptar todo es un ejercicio, comprenderlo todo es un esfuerzo. El poeta sólo desea exaltación y expansión, un mundo en que pueda estirarse. El poeta sólo pide poner su cabeza en los cielos. Es la persona racional quien busca meter los cielos en su cabeza. Y es su cabeza la que sufre partición.”—G.K. Chesterton


Han pasado casi doce años desde que topé con estas palabras de Chesterton. Y desde entonces no he dejado de afirmar cuán bien capturan la experiencia de alguien que nunca ha sido poeta, pero que se ha dado a querer conocer al Ser Superior del que dan testimonio las tradiciones monoteístas de la fe judía y cristiana.

Siendo alguien racional por naturaleza, confieso que se me ha partido la cabeza en el intento; con mucho dolor, aunque de manera necesaria. ‘Agotamiento mental’ es una subestimación de lo que uno atraviesa al intentar encajar los cielos y su Autor en la cabeza. Para este ingeniero industrial, hijo de un ingeniero civil, quien a su vez también fue hijo de otro ingeniero civil, tratar de descifrar al Gran Arquitecto de quien dan testimonio los autores bíblicos ha sido como pedirle a un elefante que aprenda a tocar violín.

Y digo ‘Gran Arquitecto’ para no usar la palabra ‘Dios’—pues hoy ‘Dios’ significa cosas muy diferentes para distintas personas (y, por lo general, cosas malas)—. Por eso prefiero ‘Gran Arquitecto’; aunque igualmente podría uno referirse a Dios como la ‘Consciencia Cósmica’, la ‘Presencia Unificadora’, la ‘Fuente de Toda Vida’, el ‘Mandamás del Universo’, la ‘Voz Suprema’.

Llamémoslo como queramos, lejos de poder escribir con la astucia de Chesterton, les comparto, no obstante, algunos momentos importantes a lo largo de mi caminar en la fe —un viaje en el que he ido dejando atrás mi tendencia racionalista para comenzar a vivir con una mentalidad un poco más expansiva como la de los artistas y poetas—.

De la ingeniería a la historia

En pocas palabras, este ha sido el salto más amplio. En la universidad me capacitaron para resolver problemas: obtener información, saber qué conjunto de procedimientos aplicar, agregar los datos y listo. Claro como el agua: quod erat demonstrandum o, en jerga matemática, “QED”. Una única solución concreta, estable y específica. En las ingenierías, si se permiten errores, solo se conceden por motivos prácticos: muestrear una población siempre es más barato y eficiente que realizar un censo.

Y, sin embargo, la certeza permanece: “los hechos” siempre hablan por sí mismos. En mi disciplina, la mayoría de las respuestas son en blanco o negro: un átomo de hidrógeno es el mismo hoy que segundos después del Big-Bang, y los objetos que caen en la tierra cerca del Ecuador siempre han caído, y siempre caerán, a una tasa creciente de 9,78 metros por segundo por segundo.

La ingeniería sabe muy poco sobre la intención humana. En las ecuaciones físicas no es necesario interpretar los hechos. Nadie habla de contextualización; las cosmovisiones no importan y la filosofía parece inútil. Por el contrario, a pesar de toda la complejidad de una ecuación química o de una integral triple, la mentalidad ingenieril puede estirarse hasta comprender por completo cualquier concepto. Se pueden ‘dominar’ los números.

Esa mentalidad de dominio me dejó perplejo al caer en cuenta que la forma en que los israelitas vivían y pensaban en la época de Moisés, por ejemplo, distaba bastante de las creencias y prácticas en la Palestina del siglo I, donde tuvieron lugar los eventos del Nuevo Testamento. Pero “¿cómo podría ser si la Biblia supuestamente era un libro sobre verdades ‘eternas’ e ‘inmutables’?”

De fórmulas a metáforas

El lenguaje informático siempre obedece las instrucciones y nunca cambia su salida. Las ecuaciones y los diagramas son nítidos y ordenados. Las hojas de cálculo no tienen en cuenta los problemas personales, las ambiciones humanas ni las motivaciones psicológicas que vienen con ser humanos. Cajas cuadradas, flechas de conexión y viñetas ordenadas son el pan de cada día de un ingeniero. La estructura lo es todo. Los números y los átomos y los estados de resultados son nuestro lenguaje común.

Sin embargo, ¿con qué o quién puede equipararse la Fuente Viviente del cosmos? ¿Qué ecuación explica todos los aspectos infinitamente complejos de la naturaleza humana? ¿Y qué se puede hacer de un drama escrito con sangre fresca que gira en torno a una cruz romana, el peor instrumento de vergüenza y condenación del imperio más poderoso del mundo antiguo? Durante mis primeros años de seguir al Cristo, hay quienes me enseñaron que, para encontrar ‘la respuesta’ a tales preguntas, tenía que buscar el significado del amor en el Diccionario de la Real Academia Española y luego embutir esa definición —clara y concreta— como la pieza faltante dentro de la ecuación. Y listo, pregunta resuelta, punto final.

De ahí que las metáforas tampoco tuvieran cabida en mi mente de ingeniero. Las metáforas eran confusas y no admitían límites; siempre las vi como verdades inferiores e irracionales. Las historias y las parábolas también eran para niños. Desde mi punto de vista cuadrado y cartesiano, solo la argumentación racional podría llevar a tener ‘certezas espirituales’. Para que tuviera validez y sentido, según yo el evangelio cristiano tenía que poder explicarse en términos científicos. Las lupas analíticas utilizadas a distancia siempre fueron mi modus operandi. Mantenía una actitud de “científico y su tubo de ensayo”: una postura muy segura, en la que uno era el supuesto ‘observador’ sobrio y distante, mientras que Dios era el ‘objeto’ examinado bajo el microscopio todopoderoso. (Algunos denominan esta actitud científica moderna “materialismo científico”, pero tal vez sea pura arrogancia y prejuicio ingenuo.)

De laboratorios a océanos infinitos

Para complicar aún más las cosas, algunos de los mentores que me llevaron a la fe tenían una mentalidad similar a la mía. Uno era economista de corte neoliberal; el otro, un ingeniero —y encima ‘civil’, para agravar las cosas—. Eso a menudo dio lugar a discursos y sermones titulados “Los cinco pasos para tener una relación con Dios”. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y listo, pregunta resuelta.

Con la esperanza de un enfoque más matizado, eventualmente me fui a una iglesia Viña, menos intelectual y más artística. Pero después de preguntarle al líder principal, MBA de Harvard, sobre su libro favorito, rápidamente apuntó hacia un tomo grueso e intimidante en su biblioteca: Teología Sistemática de Wayne Grudem. (Quien tenga oídos para oír, que oiga.)

A pesar de las mejores intenciones, mis exploraciones tempranas en el cristianismo me hicieron creer que el plan divino podría ser disecado e inmovilizado con alfileres sobre un escritorio —casi como si se tratara de un escarabajo escudriñado en un laboratorio—. De una u otra forma, así lo hacían ver también los mejores doctores de la fe en el mundo occidental. Quebrarme los dientes con el resumen de Tomás de Aquino de su Summa Teológica como mi primera lectura sobre teología no ayudó mucho. Tampoco lo hizo el relato casi neoplatónico de C.S. Lewis en Mere Christianity, a pesar de todo su ingenio y encanto.

Sin duda, uno de mis mentores posteriores me llevó al reconocimiento de que estos y todos los demás intentos por comprender al Arquitecto eran como botes con remos: frágiles, provisionales, revisables; hechos con el propósito de comenzar a explorar el océano infinito. Aun así, el ingeniero que hay en mí ha tendido a evitar el desorden y la confusión que vienen con la gente —apenas consciente de los míos propios—. La imperfección y lo impredecible tenían poco espacio en el orden sacrosanto de mis supuestas ecuaciones impecables. De manera bastante presuntuosa, en determinado momento hice incluso todo lo posible por resumir los mil y un relatos de la Biblia en un solo diagrama de una página.

“Miserable de mí, ¿quién me salvará de esta mentalidad de muerte?”

Por lo menos fui honesto, aunque mi búsqueda por comprender el mundo y la vida en toda su plenitud no llegó muy lejos. Me costó aceptar que las ecuaciones y los diagramas no solo no eran lo suficientemente grandes, sino también eran poco adecuados para la tarea.

Viviendo a través de la poesía

A pesar de mi amistad con Don Lógico y Doña Fórmula, en mi trayectoria desde la ingeniería hacia la historia, la sociología, la etimología, la antropología y todas las demás “–ologías” que acompañan a la experiencia humana, no ha quedado más que entablar amistad con el Sr. Interpretación y la Sra. Ambigüedad.

Pero estos nuevos amigos confirman que la aventura ha valido la pena. Gente como ellos hace que uno se dé cuenta de que el camino requiere emprenderse mirando hacia los cielos, como un infante que mira fijamente a sus padres: desde abajo hacia arriba, con asombro y expectativa. (Ante lo cual cabe recordar que un ateo amargado como Nietzsche acabó en el abandono de un manicomio, pero un soñador como Walt Disney sigue sonriendo, congelado en el tiempo hasta que su mundo maravilloso se haga realidad.)

“En esta esperanza fuimos salvados.”

En tiempos pasados ​​había comprendido vagamente que el Gran Arquitecto no podía reducirse a la comprensión humana. Pero lo que mis oídos solo habían escuchado, mis ojos llegaron a ver. La Fuente Viviente y el Dios indomable revelado en Jesús de Nazaret no es un objeto por estudiar, sino alguien por conocer y seguir. Y alguien digno de amar. Y si la lógica y la razón van a tener algún rol en este juego, la reverencia y la confianza son siempre las actitudes primordiales.

~

Llegado el momento, mis ecuaciones, diagramas y recuadros empezaron a fallar. El tiempo reveló que mi mente estrecha no era más que una vasija de barro limitada y fracturada, cuyas piezas han comenzado a caer poco a poco para estrellarse contra el suelo —casi como la cáscara de un huevo cuyo Ser tiene una vida demasiado vasta para ser mantenido en cautiverio—.

Después de años de frustración al luchar contracorriente, desperté con esta nueva certeza. Después de querer imponer sin cesar su propia agenda, mi mentalidad ingenieril no pudo soportar el peso de aceptar que la gloria divina es el elemento más denso de todo el universo. En un abrir y cerrar de ojos, entendí que nunca sería capaz de entender a Dios. Habiendo hecho todo lo posible por atrapar el universo y todos sus misterios entre mis manos, en ese momento caí en cuenta de que la vida consiste en caminar de la mano de Aquel que creó el universo.

Así que, viendo hacia atrás —ya sea de comediantes o de ingenieros, de filósofos o de poetas— una cosa encuentro: incontables huellas. Y muestran cómo mi caminar lleno de tropezones se ha fusionado con una travesía recorrida durante siglos por hombres y mujeres de todo tipo. Sin duda, algunos lo han caminado mirando hacia abajo, analizando bien qué paso dar después del anterior. Pero otros se han unido como niños, dando brincos y zancadas de la mano de sus padres. En lugar de fijarse en el camino aburrido, miran hacia arriba, prestando atención a las aves en los árboles, a las estrellas en el cielo y al palacio majestuoso en la cima de la colina hacia la que se dirigen.

Esta última alternativa ha demostrado ser más gratificante, porque el analista en mí ha descubierto que la vida puede tener una dimensión completamente nueva cuando uno vive con la actitud de los poetas. Y, al hacerlo, compañeros peregrinos, permítame compartir este hallazgo con ustedes, porque palabras como las de Chesterton tienen amplio margen para que escribamos entre sus líneas y nos expandamos en un universo que nunca ha sido creación nuestra.

Eduardo Sasso es Máster en Teología Interdisciplinaria y el autor de Jesús Presidente, un libro explorando el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy

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