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Si Dios es Bueno, ¿Por Qué Permite el Sufrimiento?

Updated: Apr 23

Explorando con ojos nuevos una vieja pregunta


“¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué viven tranquilos los traidores? Tú los plantas, ellos echan raíces, crecen y dan fruto. Te reconocen con sus labios, pero tú estás lejos de su corazón.” Libro de Jeremías

La pregunta de porqué existe el sufrimiento si Dios es bueno ha sido una piedra en el zapato que durante milenios ha incomodado a ateos, agnósticos y creyentes por igual. Y la pregunta ha llevado a muchos ateos, agnósticos y creyentes a dudar —o a negar— la existencia de Dios.

Parece contradictorio creer en un Dios bueno cuando siguen existiendo las hambrunas, la violencia familiar, las ciudades contaminadas, los homicidios, las matanzas, las dictaduras, la inequidad económica, la devastación ambiental, las catástrofes naturales...

Dado el caso de realidades como estas, algo de razón tuvo el teólogo católico Raymond E. Brown afirmando que a veces pareciera más fácil creer en el diablo que creer en Dios.

Mosaico bizantino “El Juicio Final”, en el Baptisterio de Florencia
Mosaico bizantino “El Juicio Final”, en el Baptisterio de Florencia

En importantes sentidos, por supuesto, todavía no tenemos una respuesta satisfactoria. El mal sigue siendo un misterio así como sigue siendo una trajedia. 

Aun así, la pregunta resurge cada vez que topamos con las fuerzas de la oscuridad en nuestros adentros y a nuestro alrededor. Y la respuesta tradicional de diversos teólogos a lo largo de los siglos ha sido que el mal encuentra lugar a causa de la rebeldía humana: como consecuencia de darle paso a la oscuridad que se disfraza de luz, prefiriendo obedecer las promesas fosforescentes de una serpiente en lugar de seguir la apacible voz del Creador.

Pero esto deja otra pregunta sin contestar: ¿por qué, entonces, creó el Altísimo un universo en el que existan la oscuridad y las fuerzas del mal, simbolizadas por dicha criatura rastrera?

No es suficiente ignorar el asunto

“El mal podrá seguir siendo un misterio,” responderán algunos creyentes, “pero lo que importa es que Dios lo destruyó en la cruz, triunfando sobre el pecado y a la muerte.” La afirmación a pulmón abierto de los apóstoles fue que Jesús “murió por nuestros pecados”, llevando sobre sí mismo nuestro sufrimiento y las consecuencias totales de nuestras malas acciones, nuestros fracasos, y nuestras maldades personales y colectivas. 

Por más cierto que eso sea, sin embargo, hay algo más. Si reconocemos junto con los apóstoles y con los evangelistas que Jesús aceptó su ejecución en la cruz de forma voluntaria —y si concedemos por un momento la igualdad de Jesús con el Dios Altísimo—, ¿será la crucifixión entonces un acto de responsabilidad divina... e inclusive de obligación divina?

Cuadro de Chagall de Jesús crucificado como el cordero inmolado
La Crucifixión Blanca, Marc Chagall

Podrá sonar extremo afirmar que la crucifixión fue un acto de suicidio divino; una muerte auto-impuesta por el Hijo de Dios en nombre de la humanidad. Pero ¿qué tal si, de cierta manera, sí lo fue? 

“A la bestia la adorarán todos los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no han sido escritos en el libro de la vida, el libro del Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo.” - Libro del Apocalipsis

Según la teología del autor del Apocalipsis, la crucifixión fue una muerte prevista desde antes de la fundación del mundo. Fue una muerte reservada para el Cordero de Dios; para que Dios mismo pagara con justicia por las injusticias.

Pero también fue una muerte preconcebida y necesaria por haber llamado a la existencia un universo que alberga a personas mortales como usted y como yo... personas como usted y como yo que somos miopes, conflictivos, imperfectos, indiferentes, complacientes, codiciosos, a menudo malvados... y, sin embargo, dotados de un grado importante de libertad...

Personas que tenemos la libertad para hacer el bien pero también para herir; libertad para cuidar y proteger, pero también para poner obstáculos ante la justicia, para acumular cuando otros pasan hambre, para destruir los tesoros del mundo viviente, para asesinar, para permanecer mudos e indiferentes ante maldades como estas…

Personas que no tuvimos otra opción más que haber nacido en un universo en el que la oscuridad, la corrupción, la muerte y el instinto animal habitan en nosotros y nos preexisten. (El Libro del Génesis afirma que el “vacío” y la “oscuridad” ya existían antes de la llegada de la humanidad y de la misma serpiente.)

El Precio de la Libertad

¿Fue entonces la crucifixión la consecuencia inevitable que Dios tuvo que asumir por la libertad… por nuestra libertad… pero a causa también de su propia libertad? 

Podríamos decir de manera figurada que el Altísimo dio ‘un paso atrás’ para abrirle espacio a la libertad. Y fue ese paso atrás el que le dio lugar a una especie de vacío universal; a la existencia del abismo; a la oscuridad entendida como la ausencia de luz.

Por más indeseables, el mal y la oscuridad son entonces las condiciones necesarias de que exista un universo cuyo ADN está entrelazado con la libertad “de pies a cabeza” (usando la frase de Freedom All The Way Up, del ingeniero-filósofo canadiense Christopher Barrigar).

Si ese es el caso, parece entonces que la libertad que el Altísimo instauró en el universo, de cierta forma obligaría a Dios mismo a asumir incluso las consecuencias máximas del peor de los males: una muerte cruel —el tipo de muerte que algunos humanos continúan infligiendo a otros humanos mediante la tortura, la guerra, el asesinato, la injusticia sistémica, la pobreza creada económicamente, el sicariato—.

Fiel a ese plan —y fiel a esa libertad— el Altísimo se entregaría entonces a la cruz por puro amor, sí, pero también por una cuestión obligación moral y de deber divino

Si Dios es un Dios que ama libremente —y si Dios ha creado el cosmos de forma voluntaria en un acto de libertad pura y de amor infinito—, entonces parece ser que la perfección de la justicia divina y el carácter de Dios le dejan sin otra opción más que aceptar la muerte, de forma libre pero obligada, y así asumir las consecuencias absolutas de haber creado el Todo en plena libertad.

De ahí que Dios pagaría algún día por “los pecados de la humanidad”... pecados que no son su culpa, pero sí son —en última instancia— su responsabilidad.

“Voy a actuar, pero no por ustedes, sino por causa de mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones por donde han ido.” - Libro de Ezequiel

Encarando las Consecuencias

Si hay algo de verdad en lo que he afirmado hasta el momento, la cruz del Cordero inmolado es la precondición divina de la creación del mundo, y no una mera consecuencia del pecado humano.

En la cruz, el Dios Altísimo finalmente se puso de pie y se hizo presente para enfrentar la justicia —sí, de manera voluntaria— pero obligado también a permanecer fiel hasta el final a la esencia de su Ser. Los lazos inquebrantables de la integridad divina ataron a Dios a tomar acción de la manera más radical, costara lo que costase.

“Esta cuenta, va a mi nombre.”

Cristo crucificado llevando sobre sí el sufrimiento
El Cristo, Salvador Dalí

La crucifixión del Dios-Hombre fue, por lo tanto, el momento de enfrentar las consecuencias más plenas y definitivas de haber creado un mundo en amor y libertad. Parafraseando al teólogo alemán Jürgen Motlmann, en la cruz, el Dios-con-nosotros asumió las más viles consecuencias que merecen quienes perpetúan el más vil entre los males, al mismo tiempo que se hizo plenamente solidario con aquellos oprimidos y maltratados por lo peor del mal mismo.

Al haber abierto el espacio para que la libertad estuviera plasmada en el lienzo del universo, Dios-en-la-carne se llegaría a convertir de manera voluntaria en un siervo y a la vez en un esclavo… “hágase tu voluntad y no la mía”... en un esclavo a su promesa, en un esclavo a su carácter, en un esclavo a la esencia misma de su propio Ser. 

Previo a originar el universo y darle lugar a una existencia ordenada pero a la vez libre, salvaje e indomable, el Altísimo debió de haber ponderado algo como esto: “Si voy a entretejer la libertad en la mismísima fibra del universo, tendré que hacerme responsable y asumir las consecuencias más plenas de que exista esa libertad... hasta el punto mismo de sufrir una muerte cruel, de ser necesario. Y así lo haré.”

Sin más que especular, resuenan aquí las palabras del apóstol Pablo:

¡Qué profundo es el conocimiento,

    la riqueza y la sabiduría de Dios!

¡Qué indescifrables sus juicios

    e impenetrables sus caminos!

«¿Quién ha conocido la mente del Señor

    o quién ha sido su consejero?».

«¿Quién primero dio algo a Dios,

    para que luego Dios le pague?».

Porque todas las cosas proceden de él,

    y existen por él y para él.

¡A él sea la gloria por siempre! Amén.



Eduardo Sasso es Máster en Teología Interdisciplinaria y el autor de Jesús Presidente, un libro explorando el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy.

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