El Producto Interno ¿para Brutos?
- Eduardo Sasso

- 1 day ago
- 5 min read
Updated: 24 hours ago
“No todo lo que puede contabilizarse cuenta, y no todo lo que cuenta puede contabilizarse.” —Albert Einstein
En los cursos de economía de la Universidad de Costa Rica, me enseñaron de manera bastante dogmática que el Producto Interno Bruto era el indicador por excelencia de progreso y bienestar.
“A mayor PIB, mayor éxito.” “A mayor productividad, mayor bienestar.”
En quinto año de carrera, me inculcaron también que una empresa era una ‘máquina de hacer plata’ —y que el objetivo de un ingeniero era hacer ‘más plata’—.
Pero ¿son así de simples las cosas, o estaban mis profesores de ingeniería y economía desactualizados al transmitirnos esas creencias con tanto fervor? Igual de importante: ¿Cómo es eso de que el PIB pueda ser el producto interno ‘para brutos’?
Seguramente usted se siente ofendido al escuchar ese calificativo. Le confieso, yo también. Así me sentí la primera vez, en 2019, cuando escuché esa frase en una conferencia en el Centro de Convenciones. El exponente alegaba que el PIB era un indicador obsoleto —y dañino—. No sólo porque el PIB no mide si la riqueza es de todos o sólo de pocos. Sino porque opaca y oculta toda otra índole de consideraciones que deberíamos usar para evaluar qué tan bien o qué tan mal está una empresa o un país.
Si bien existe el crecimiento económico ‘inteligente’ (por ejemplo, biofabricando plásticos compostables a partir de algas), en Capitalism as if the World Matters, el economista británico Jonathon Porritt ha señalado que también existe el crecimiento económico ‘tonto’. Y es vital hacer la diferencia. De lo contrario, nos podemos ir, literalmente, de brutos postrándonos ante el dios del PIB —seamos ateos, agnósticos, o cristianos—.

Tres ejemplos
Simplificando con el fin de resumir, tres ejemplos ayudan a ilustrar la cuestión…
Uniformes que dan vueltas. Dos padres de familia venden los pantalones de uniforme de su hijo de seis años a otra familia con un hijo de cinco. Nuevos de fábrica, el par de pantalones costó ₡10.000; con uso mínimo y todavía en bastante buen estado, los revenden por ₡7.000. Oficialmente, no se registra ninguna transacción económica. No obstante, ambas partes ganan —si bien el PIB no crece—. De rebote, se alivia también el ecosistema al evitar el daño asociado al uso de agua, algodón, poliéster, manufactura, consumo de energía, empaques de un sólo uso, transporte interoceánico, logística interna, etc.
Intercambio saludable. En un chat de compañeros, una persona intercambia una hora de consulta profesional en contabilidad por una pesa rusa y dos ligas de hule para ejercicios funcionales. Estas le permiten ejercitar los brazos, los hombros, la espalda y las piernas, todo desde la comodidad de su casa, sin tener que salir al gimnasio. El beneficiado se ahorra el cortisol y el estrés de las presas, reduce su gasto en gasolina y, de paso, se le liberan 40 minutos para pasarlos en familia. De nuevo, no se registra una transacción económica a nivel de PIB, pero el intercambio incrementa el bienestar de ambas partes.
Cuando calienta el sol. Una oficina se expone al sol de la tarde. El gasto en aires acondicionados implicaría ₡150.000 mensuales en electricidad (más el medio millón del aparato y la instalación, y luego los ₡50.000 de mantenimiento cada dos años). Por el contrario, sembrar un árbol de manzana de agua o de mango cerca de la ventana no implicaría un mayor costo —a lo sumo ₡15.000 para el jardinero, la tierra abonada y el árbol mismo—. Además de refrescar el espacio con sombra natural, según la revista Money.com, propiedades con árboles valen hasta un 15% más que propiedades sin ellos. Pero eso no es todo: la oficina tendría alimentos uber-locales (y sin pesticidas) a su disposición; frutas con micronutrientes necesarios para un buen funcionamiento cerebral, lo que además implicaría un ahorro cada semana en la merienda de la tarde.
Prosperidad que Construye
Y así la lista continúa. Usar agrotóxicos en la agricultura hace crecer el PIB, pero destruye la fertilidad de los suelos y genera enfermedades; quemar bunker hace crecer el PIB, pero calienta el microclima de las ciudades y afecta la balanza de pagos; importar carros hace crecer el PIB, pero hace de Costa Rica el segundo país con las peores presas del mundo.¿Quimeoterapia en lugar de alimentación preventiva? PIB. ¿Visitar al psiquiatra? PIB. ¿Talar un bosque en vez de ecoturismo? PIB. ¿Comida chatarra? PIB.
Sobra decir que nada de esto es inteligente. Por eso el término ‘para brutos’: porque no todo lo que crece y tiene precio y se economiza es sinónimo de bienestar. De hecho, lo único que crece sin fin, arrasando con todo límite, tiene un nombre: se llama cáncer. ¿Es la obsesión terca y sumisa por el PIB el gran tumor de nuestra sociedad?
En lugar de agrotóxicos, lo inteligente sería apostar por la agricultura biológica que además implica ahorros en fertilizantes y menor gasto en salud pública; en lugar de combustibles y de más carros y más presas, lo inteligente sería una política pública y el reordenamiento urbano que lleve a barrios y ciudades más seguros y caminables.
Desde hace ya algunas décadas, economistas ignorados como Tim Jackson, autor de Prosperity Without Growth, o el en-su-momento economista senior del Banco Mundial, Herman Daly, nos llaman a orientarnos hacia horizontes olvidados que redefinen el bienestar más allá del PIB. De hecho, la cortina de humo psicodélico del PIB nos ciega, impiriendo enfocarnos en lo que nos hace bien.
Lo inteligente, más bien, es reconocer que no todo lo que brilla es oro, pero también que no todo lo que ha dejado de brillar deja de serlo. O, como dice un refrán, de poco sirve saber el precio de todo si no se conoce el valor de nada. El más rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita y más sabe disfrutarlo. La ‘economía de la dona’, o índices multidimensionales como el GNH, son alternativas de avanzada mucho más prometedora para evaluar el bienestar.
Queridos compatriotas: que no nos vendan gato encerrado: sepamos ser libres y no brutos menguados. En efecto, dejemos de comernos ese cuento añejo y trillado del PIB y enfoquémonos más bien en genererar una economía de verdadero bienestar, a la altura del siglo 21.
Para profundizar más
Rob Dietz & Daniel O’Neill, Enough is Enough: Building a Sustainable Economy in a World of Finite Resources. Routledge, 2012.
William Cavanaugh, Being Consumed: Economics and Christian Desire. Eerdmans, 2008.
Tim Jackson, Prosperity Without Growth: Foundations for the Economy of Tomorrow, rev. ed. Earthscan, 2017.
Serge Latouche, Farewell to Growth. Polity, 2009.
E.F. Schumacher, Small is Beautiful: Economics as if People Mattered. Harper One, reprint of 1973 ed.
Eduardo Sasso es ingeniero en economía circular, Máster en Teología Interdisciplinaria, y el autor de Jesús Presidente, un libro reviviendo el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy.



Comments