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Alimentando la Fe: Viviendo el Evangelio en la Mesa

Cómo una iglesia está llevando la fe a la mesa para honrar la santidad de la vida

“Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y quienes lo habitan.” — Salmo 24

Cualquier aficionado a la regeneración y la sostenibilidad reconoce que sanar los sistemas agrícolas es una de las principales maneras de restaurar el equilibrio del mundo natural. Según el World Resources Institute, nuestros sistemas alimentarios son una de las actividades humanas con mayor impacto en la estabilidad del clima, los suelos, los bosques, los océanos y las cuencas hídricas.

Cada alimento que elegimos tiene repercusiones reales que no se pueden saborear de inmediato —ya sea en la salud del cuerpo, el bienestar de los trabajadores agrícolas o la integridad de la comunidad de la vida—.

Por su parte, la mayoría de quienes se llaman cristianos o católicos demuestran inconsistencia entre su forma de alimentarse y el llamado a cuidar la Creación plasmado en las escrituras judías y cristianas. De hecho, poco o nada les importa. Como ha mostrado el estadounidense cristiano Wendell Berry en su ensayo ‘Los placeres de comer’, hoy la mayoría comemos con gran ignorancia.

La forma de alimentarse y la fe cristiana se han convertido literalmente en agua y aceite —algo inquietante, considerando el énfasis obsesivo de los autores de la Biblia respecto a la tierra, la vida justa y las comidas compartidas—.

Dicho eso, alimentarse de maneras que honren a Dios, al prójimo y a la Creación divina es algo que algunas iglesias sí están practicando. A continuación resumo el testimonio de una comunidad cristiana en Canadá de la que tuve la oportunidad de ser miembro: la Iglesia de Grandview, en el territorio Coast Salish, hoy conocido como Vancouver.

grandview church coast salish vancouver

“... porque mía es toda la tierra”

Al reconocerse a sí mismos como invitados en un mundo que no es de su propia creación, los miembros de esta comunidad cristiana han comenzado a alimentar la fe y ‘comer confianza’ experimentando con respuestas prácticas que respeten la declaración bíblica de que toda la Tierra le pertenece a Dios (Éxodo 19). Como tal, se han visto llamados a ‘servir’ y ‘preservar’ el jardín vivo (Génesis 2), y ‘plantar viñedos’ y ‘cuidar el bienestar de la ciudad’ (Jeremías 29), por nombrar solo dos.

Queriendo proteger su salud y honrar la santidad de la vida, en la Iglesia de Grandview esto ha llegado a consolidarse en un ‘club’ o ‘centro de compras’: un espacio para crear lazos personales y económicos con fincas y agricultores responsables a un radio no mayor de 150 kilómetros. El club de compra comenzó a finales de 2014, cuando un grupo de 5-6 personas de la iglesia quiso establecer una relación directa con fincas más éticas y sostenibles.

“El compromiso con la tierra y con el mundo es un tema dominante en la narrativa bíblica”, afirma el actual coordinador del club de compra de alimentos de la iglesia, “así que vemos la conexión con las fincas locales y los productores de alimentos como una manera de ser responsables de nuestra huella ecológica y de honrar nuestro llamado como discípulos.”

Después de haber delineado algunos de sus principios y criterios de selección en esta guía práctica, la iglesia procedió a buscar agricultores locales de alimentos que cumplieran lo mejor posible con prácticas sostenibles y responsables.

Iglesias como centros de compra conjunta de alimentos

Quienes participan en el club de compras hacen pedidos consolidados de harinas orgánicas, frutas secas y todo tipo de granos y legumbres. Algunos también se han aventurado a comprar quesos y huevos de fincas artesanales. De esta manera, la compra en grupo ha permitido comprar directo y evitar la intermediación. Eso reduce el precio de compra y, al mismo tiempo, aumenta el porcentaje de las ganancias destinado directamente a los agricultores.

Todas las partes ganan: alimentos más nutritivos, precios más accesibles, mejores ingresos para las fincas y, a todo eso, se protege la integridad biológica de la Creación.

alimentando la fe en la iglesia

El éxito de la iniciativa se ha nutrido de las relaciones de confianza que ya existían entre los distintos miembros de la comunidad. Eso ha sido una dimensión integral que ha permitido al club de compras crecer de las 5-6 personas con las que lo iniciaron a más de 25-30 hogares a los que sirve actualmente. Debido a que las personas ya se conocen y confían entre sí, usan una hoja de cálculo compartida para hacer sus pedidos, se reúnen en la iglesia para retirar sus alimentos una vez al mes, y pueden ordenar ciertos alimentos cuyas cantidades mínimas de compra son muy altas para una sola persona.

“Aprecio tener el papel de conectar a la gente con comida responsable que, de otro modo, no podría conseguir por sí misma”, afirma el coordinador del centro de compras. “La gente tiene buenas intenciones, pero no necesariamente tiene la imaginación ni el tiempo para buscar fincas responsables. Así que me gusta ver la alegría que las personas experimentan al recibir comida sana, justa y nutritiva.”

Las instalaciones físicas de la iglesia y el entramado interpersonal también han permitido que el club de compras no tenga costos fijos significativos.

“También me gusta mucho conectar y apoyar a los agricultores, quienes resultan ser muy generosos y agradecidos con quienes les compran. Y, para decir verdad, pues también me gusta socializar y comer bien.

* * * * *

Está claro que esta iniciativa representa apenas una aguja en un pajar. Pero extrapolemos el ejemplo de estos 120 miembros comprometidos con la compra directa y responsable y multipliquémoslo por las 350.000 iglesias que se estima que existen en América del Norte. Más de 40 millones de personas apoyando y defendiendo la integridad y la santidad de la red alimentaria podrían darle un vuelco definitivo a las cosas.

Alimentarse mejor y a menor precio, construir suelos para capturar carbono y nutrientes y, de paso, retener agua, entretejer una red ecológica que redefina la relación entre lo rural y lo urbano, resguardar la calidad de vida de quienes trabajan la tierra... ¿Qué sería si las comunidades cristianas honraran la visión terrenal de renovación cósmica, propia del judaísmo y del movimiento cristiano original?

Las iglesias podrían perfectamente participar en la renovación divina de la Creación plasmada en el capítulo 55 del Libro de Isaías, un momento en el cual “los árboles aplaudirán” y las “montañas cantarán de alegría”. Anunció el Altísimo a través del profeta:

Vengan, compren leche y vino sin costo alguno. ¿Por qué gastan su dinero en lo que no es pan, y su trabajo en qué no satisface?

Tal vez hoy más que nunca esté a la vuelta de la esquina sentarse a la mesa alimentando la fe y comer confianza las delicias de este banquete prometido. 

(Una versión más extensa de este artículo está disponible en Resilience del Post-Carbon Institute.)

Eduardo Sasso es Máster en Teología Interdisciplinaria, consultor de economía circular, y el autor de Jesús Presidente, un libro reviviendo el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy.

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