Jesús y los Animales
- Eduardo Sasso

- 24 hours ago
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Pongámosle cuidado a estas dos imágenes:

La primera es el conocido 'Hombre de Vitruvio', dibujado en 1492 por el inventor italiano Leonardo da Vinci.
La segunda es 'La Creación' del pintor franco-belorruso Marc Chagall, plasmada en óleo sobre lienzo en 1960.
Ambas obras contrastan dos "grandes esquemas de las cosas" —es decir, dos maneras diferentes de ver el mundo y de vivir la vida—.
El primer 'gran esquema', común en la llamada Era del Renacimiento en la que vivió da Vinci, también había prevalecido en la Grecia Antigua, donde algunos seres humanos llegaron a verse a sí mismos como "la medida de todas las cosas". (Esta es una frase del siglo V a.C. del filósofo Protágoras.) Y en buena medida, es esa forma de concebirnos la que ha prevalecido en los últimos 500 años en nuestras sociedades occidentales: la visión de mundo conocida como 'antropocéntrica' (anthropos significa 'hombre' en griego).
El segundo 'gran esquema de las cosas', menos común en las sociedades de la ciencia y el conocimiento, es el que ha comenzado a resurgir en nuestra era posmoderna. Esta visión de mundo —que a veces se llama 'ecológica'— nos recuerda que los humanos compartimos un planeta con millones de otras criaturas. Un planeta que no es creación nuestra. Que los humanos fuimos los últimos en llegar a un mundo ya habitado por incontables seres vivos, animados e inanimados.
* * *
¿Qué puede revelarnos el contraste entre las obras de da Vinci y de Chagall al interactuar con la memoria resguardada en los escritos que nos hablan de Jesús? ¿Cuál es la relación de Jesús con los animales?
El 'gran esquema' antropocéntrico del 'hombre como medida de todas las cosas' nos ha cegado a algunos incidentes en los evangelios sobre la relación de Jesús con los animales y con el resto de la Creación. Bajo esa perspectiva, por ejemplo, hemos llegado a creer que la vida trata de los seres humanos, con poca o ninguna importancia para la naturaleza ni para los demás seres vivientes. Bajo este enfoque, el universo se ve simplemente como un gran escenario teatral en el que la humanidad ocupa el rol estelar y el mundo natural es un mero escenario de trasfondo o un 'recurso' para la maquinaria tecno-industrial.
En contraste, una obra como la de Chagall que plasma sobre el lienzo la visión cósmica del primer capítulo Libro del Génesis nos invita a estar atentos a otras realidades... a otro 'gran esquema' diferente.
"Con los animales salvajes..."
El evangelio más antiguo (el de Marcos) comienza el relato de la vida del Cristo anunciando que, justo después de su bautismo en el río Jordán, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto:
Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por el Adversario, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían. (Mc 1:12-13 RVR 1960)
Por un lado, el episodio hace alusión evidente a los libros de Moisés y a los cuarenta años en los que los antiguos israelitas estuvieron dando vueltas en el desierto como trompos indomables a causa de su desobediencia. Los precursores de la nación de Israel divagaron sin fin entre polvo y paja habiendo salido de Egipto y no pudiendo entrar a la tierra alternativa de los nuevos comienzos.
En contraste, nos dice Marcos, este israelita, Yeshúa bar Yosef (Jesús, hijo de José), resistió las seducciones del Adversario que Mateo y Lucas nos narran con mayor detalle: diciéndole no a la gloria mundana, a la protección, y al poder.
Por otro lado, llama la atención el detalle que pareciera un agregado meramente circunstancial: Jesús "estaba con las fieras..."; una frase que bien podría traducirse "con los animales salvajes" en los "lugares desolados" (o en los lugares "desérticos").

¿Será de poca importancia que el evangelista haya incluido esa circunstancia?
Siendo el Evangelio de Marcos el más breve de los cuatro y el que avanza más rápido, en su economía de palabras, el autor no usó términos a la ligera. Cada palabra y cada frase en el bosquejo artístico de este evangelio representan una pincelada llena de significado. Y, en este caso, el detalle tiene resonancias más amplias.
Los judíos de ese entonces vivían en la esperanza del 'gran esquema' de la era mesiánica —un tiempo de paz y justicia entre Dios y toda la humanidad—. Esta sería la era en la que las antiguas visiones proféticas alcanzarían su cumplimiento:
El lobo convivirá con el cordero; el leopardo se acostará junto al cabrito; el becerro, el león y el animal engordado andarán juntos, y un chiquillo los pastoreará. El niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la cueva de la víbora. Nadie hará mal ni daño alguno en ninguna parte de mi santo monte, porque la tierra estará saturada del conocimiento de Jehová, así como las aguas cubren el mar. (Isa 11:6-9)
¿Estaba Marcos haciendo alusión a esa visión antigua? ¿Estaba hablando entre líneas acerca de la Era de Paz, en la que el cordero y el cabrito convivirán con el lobo y el leopardo, acompañados por un "chiquillo" que los pastorearía?
Similar a este episodio del Libro de Isaías, que anuncia la llegada del descendiente real de Isaí, en el episodio anterior, las tentaciones en el desierto, Marcos narra también la apertura de los cielos y el reposo del Espíritu sobre Jesús.
Según Isaías, la Era Mesiánica de paz sería instaurada por un descendiente del rey David, sobre quien "reposará el espíritu de Dios" (Isa 11:2).
Dirigiéndose a quienes tuvieran oídos para oír y ojos para ver, Marcos anunció que el Ungido por el Espíritu —el Ungido que estaba con las fieras— era quien estaba instaurando la Era de Paz. El evangelista reveló el inicio del gran esquema de las cosas, en el que la enemistad entre los animales salvajes y los seres humanos comenzó a quedar abolida por la paz cósmica que inauguró Jesús.
Entregarse a examinar con cuidado
El Cristo mismo se valió de otros animales también para comunicar parte de la esencia de su mensaje.
Dirigiéndose a una audiencia ansiosa por no poder hacerle frente a las necesidades más básicas del presente y del futuro, el Maestro Jesús enfocó la atención de sus oyentes en algo que la sociedad tecnológica percibe como inútil, débil, insignificante:
"Miren a las aves del cielo...", "consideren los lirios del campo...", "...¿no valen ustedes más que ellos?" (Mt 6 RVR-1960)
Pareciera que las frases de Jesús devalúan a las aves y a los lirios. Pero lejos de ser el caso: continuó el Maestro Jesús: "...les digo, que ni aun el rey Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos."
Según el peregrino de Nazaret, valían más los montes con flores silvestres que las túnicas del rey Salomón y las corbatas de seda que usan los reyes de este mundo.
Encima, los eruditos insisten en que las palabras escritas en griego en el evangelio según Mateo requieren ser traducidas con el vigor que merecen:
el verbo emblépsate , que comúnmente se traduce como "miren" o "vean", en realidad debería leerse "lánzense a ver..." o "entréguense a mirar" las aves del cielo...
katamáthete debería traducirse como "examinen cuidadosamente..." o "aprendan de lleno..." de los lirios del campo...
"Lánzense a ver", "entréguense de lleno", "examinen cuidadosamente", "aprendan de lleno"...
La exhortación contrasta a quienes nada más ven, y a veces consideran, con quienes observan, examinan con cuidado, aprenden de lleno.
Algunas variaciones del cristianismo protestante han enfatizado que el Eterno habla a través de una colección de libros sagrados escritos por los hombres. No siempre, sin embargo, han sugerido explorar con la misma atención o dedicación las páginas vivientes del mundo creado.
Triste, porque según el primer evangelio, Jesús no llamó a sus oyentes a ver de manera superficial a dichas criaturas (ni mucho menos a ignorarlas). Les llamo más bien a la examinación cuidadosa —a la que requiere tiempo, interacción, paciencia, voluntad—.
De ahí que la fe emergente del tercer milenio —revitalizada por las voces proféticas del movimiento ecológico como la 'biofilia', la 'biomímica', y otras— nos invita a reconocer que la contemplación pausada de las criaturas no es ni más ni menos que una ventana sagrada hacia Quien tiene el poder de liberar de todo miedo y preocupación...
"Entréguense a ver las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta."
"Lánzense a ver", "entréguense de lleno", "examinen cuidadosamente", "aprendan de lleno"... si el Altísimo alimenta a tales criaturas, ¿cuánto más no velará por nosotros?
Sin esta postura contemplativa, nos vencen la ansiedad, el miedo, la avaricia —vicios comunes del gran esquema del materialismo ateo en el que vivimos hoy—. ¿Será que la fe y la generosidad vienen, en cambio, al apreciar con más cuidado las manifestaciones de la vida?
Cuando las pantallas siguen produciendo ansiedad y aislamiento y absorción, atrapándonos cada día más en una nube virtual, quién sabe adónde, hoy más que nunca resuena este llamado a descubrir un mensaje esculpido con esmero en el rostro de miles de criaturas que viven libres y felices, allá afuera.
Jesús y los animales: la paloma, el burro, el águila y la serpiente
Otros personajes, en apariencia insignificantes, son coprotagonistas en dos de los actos más simbólicos de la vida del Cristo: el bautismo al inicio de su ministerio y su entrada a Jerusalén en la última semana de su vida.
Nos dicen los escritores de los evangelios que el Espíritu descendió "como paloma" cuando Jesús fue declarado ante los seres humanos como "el hijo amado" desde lo alto por la Voz Suprema. Nos cuentan también cómo el Maestro Jesús escogió un burro para ingresar a la supuesta Ciudad de la Paz.
Las escenas son tan conocidas y trilladas que a veces perdemos de vista el contraste subversivo de lo que se nos narra.
En el mundo greco-romano, el águila (aquila, en latín) era el ave que se asociaba con las 'legiones' y los 'batallones' militares de Roma. (De hecho, los batallones portaban un águila de bronce como su estandarte.) Así como el águila era (y es) un animal rapaz y carnívoro, que ocupa la cúspide de la pirámide alimenticia, de igual manera, el águila era un símbolo prominente de un ejército poderoso y a veces despiadado que se esparció por todo el Mediterráneo durante más de cuatro siglos. Los romanos imponían orden desde arriba mediante leyes en su imperio, condenando a sangre fría a quienes se rebelaran contra ellas. Meterse con el águila era jugar con el peligro —y a veces con la muerte—.
De igual forma, al ingresar escoltado a un pueblo conquistado, el emperador romano o los caudillos militares de Roma lo hacían montados sobre un corcel: un caballo de batalla de la más alta raza. El César y sus aliados militares no eran dignos de nada que no fuera 'pura sangre' (el equivalente moderno de un Toyota Prado o de un Hummer full extras).

No fue así en el caso de Jesús. Para quienes tenían ojos para ver y oídos para oír, los tres evangelistas confrontaron sutilmente los estándares romanos. Abren los evangelios con la figura de una paloma en el bautismo de Jesús y los terminan con la llamada entrada 'triunfal' a Jerusalén, con el Maestro encima de un burro. Aquel que bendijo a "quienes hacen la paz" y a quienes buscan "la justica" (Mt 6) no necesitaba de los adornos militares de quienes imponían la paz a través de la violencia, de impuestos desmedidos y de la guerra. Jesús le apostaba a otro gran esquema de las cosas.
La paloma, ave indefensa y símbolo de la paz; el burro, animal de intelecto limitado y símbolo de debilidad e incluso estupidez. He ahí las dichadas criaturas silvestres homenajeadas en los evangelios.
Contrario a la creencia popular —y contrario a una espiritualidad desposeída de ramificaciones políticas— esto en lo más mínimo implica que el Maestro Jesús quería que quienes lo siguieran fueran torpes o estúpidos o desempoderados ante quienes se valían del águila y del corcel para imponer su voluntad. El llamado subversivo a "poner la otra mejilla" era más bien un llamado a ver para el lado opuesto —a negarse a exponer de nuevo la misma mejilla—. Era una manera de resguardar la dignidad personal y negarse a continuar siendo ofendido por quienes abusaban del poder.
Más bien, el mismo Jesús, quien escogió un burro y no un corcel para entrar a la Ciudad Santa, fue quien invitaba a sus oyentes a esquivarse al enemigo acudiendo a una combinación diferente —a "bendecir a quienes los maldigan" como parte de lo que Óscar Romero llegó a llamar eventualmente "la violencia del amor"—.
"Les envío como a ovejas en medio de lobos: sean, pues, astutos como serpientes y mansos como palomas" (Mt 10:16). O bien se podría decir, "sean mansos pero no mensos" al vivir en un mundo en donde lo normal es la violencia, "amando a sus enemigos y teniendo en sus oraciones a quienes los persiguen." (Mt 5)
El cordero de Dios
La cercanía de Jesús con los animales se evidencia también en que él mismo asumió el destino del chivo expiatorio.
Una vez al año, bajo los preceptos resguardados en el Libro de Levítico, los israelitas le daban muerte a un cordero inmaculado, puro, sin mancha. La sangre derramada del animal simbolizaba así un acto de perdón divino. Las maldades, injusticias y transgresiones del pueblo judío —reprochables ante el Altísimo— recaían sobre una criatura indefensa que representaba la inocencia. La oposición impecable del Dios de los judíos hacia lo profano se centraba año tras año en un chivo inocente, y no en gentes culpables.
Los judíos no estaban solos en este sentido. En el mundo antiguo, los sacrificios ante los poderes celestiales eran cosa de todos los días. Tanto fieles como paganos estaban convencidos de que había que aplacar la ira de los dioses y ganarse su favor, y el sacrificio de animales era el conducto.
Pero la tendencia a desquitarse sobre un culpable —de echarle las culpas a un 'otro' distinto de 'nosotros'— se manifestaba igualmente en la política. En lugar de mirar hacia sus propios adentros, tanto los líderes de Judea como el procurador romano buscaban a quien culpar, a quien apuntarle el dedo para descargar su ira, su enojo, su asco, su miedo. Su propia inmundicia. Más valía hundir a un don nadie sin sangre azul que humillarse y bajarse del falso pedestal sobre el cual se fundamenta la sed incesante de poder.
Enviaban así los mandamases a matar a quienes se oponían o desenmascaraban lo establecido. A los rebeldes. A los malajustados. A los forasteros. A quienes estallaban las burbujas del privilegio y del confort. A quienes anunciaban verdades, frente a quienes se valían de mentiras para legitimar su liderazgo.
Y Jesús no fue la excepción. Los líderes religiosos de Judea lo querían muerto. Y también el Poncio, que de tonto no tenía nada. Dejar en libertad a un supuesto rey aclamado por la chusma sería poner su liderazgo en jaque. De permitir que la noticia llegara hasta Roma, a Pilato le hubieran recortado el salario —y quién sabe— tal vez también la cabeza. Al peón de Nazaret, amigo de leprosos y prostitutas, había que derrocarlo y borrarlo del tablero de ajedrez.
Bien lo reconoció Caifás, el supuesto sumo sacerdote de la época: "Es mejor que muera un solo hombre por el pueblo." (Jn 18:14) Era mejor que la ira de Roma recayera sobre un chivo expiatorio, que el águila de Roma y sus batallones desataran palos, espadas y corceles sobre las multitudes que lo proclamaban como rey. Mejor mantener el estatus quo de la política y la falsa religión castigando a un supuesto reisucho Nazareno, que desnudar las injusticias de Roma y de Jerusalén ante los ojos siempre abiertos del Altísimo. Amargo trago y amarga copa.
Pero como los poderosos se esquivaron la copa amarga, el Nazareno la aceptó de manera voluntaria, como oveja llevada al matadero.
"Si hay alguien en el mundo a quien le toque acabar con este esquema que castiga a corderos inocentes en el nombre del orden, de la religión, y de la ley... si hay alguien en el mundo sobre quien tengan que recaer toda la inmundicia, y el odio, y la mentiras de una vez por todas... si hay alquien en el mundo que tenga que llevar en sus espaldas la violencia y la opresión y la injusticia de una vez y para siempre... que ese alguien sea yo."
"Que ese alguien sea yo."
Desnudo a cielo abierto, colgado y asfixiado en un madero maldito, he ahí el Cordero de Dios que quitó tales pecados del mundo y muchos más. He ahí el Cordero inocente llevado a la muerte por las bestias y las fieras salvajes que prefirieron —que y siguen prefiriendo— más la fama y el poder que al Dios Altísimo y a su hijo muy amado.
He ahí otro 'gran esquema de las cosas', digno de muchos otros retratos de Chagall y de toda clase de obras de escritores, pintores y poetas.

Eduardo Sasso es Máster en Teología Interdisciplinaria y el autor de Jesús Presidente, un libro explorando el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy.




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