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Religión y política: ¿Por quién votaría Jesús?

12 hours ago
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“Mi preocupación no es si Dios está de nuestro lado; mi mayor preocupación es estar del lado de Dios, porque Dios siempre tiene la razón.” — Abraham Lincoln, primer presidente republicano de Estados Unidos

La situación política y religiosa está al rojo vivo en el mundo, y más recientemente en Estados Unidos. A lo largo del espectro político, muchos candidatos se profesan como creyentes y afirman que Dios está con ellos. Algunos apelan a Dios para bendecir a la patria; otros le temen al abuso de la religión en la esfera púlblica; otros tantos afirman ser el partido elegido por el Altísimo para gobernar el país; varios otros gritan, a pulmón abierto, que la religión y la política no deben mezclarse.

¿A quién creerle — en especial cuando distintos candidatos se afirman como fieles, pero tienen posiciones políticas opuestas en varios sentidos? ¿Cuál tiene la razón?

Todavía más importante: ¿Por quién votaría Jesús?

foto inversa de la sagradas familias

Para comenzar a responder esas preguntas, es necesario dar un paso atrás. Hay que reevaluar dos creencias del pasado para entender mejor la relación conflictiva entre la fe y el poder, entre la religión y la política.

Reevaluando Dos Mitos Populares

Bien se dice que una oración fuera de contexto se convierte en un pretexto. Esto es particularmente cierto en el caso de los textos bíblicos, cuyas frases han sido utilizadas (y distorsionadas) a lo largo de la historia para validar todo tipo de políticas —sean de centro, izquierda o derecha—.

En seguida exploro una frase bíblica, seguida de un dicho popular, que se seguido se mencionan a la ligera en discusiones políticas. Comienzo con el ‘Mito Popular’ de lo que se cree, contrastándolo con la ‘Perspectiva Silenciada’ que a algunos no les conviene que nadie sepa.

I) “Mi reino no es de este mundo.” (Jn 18)

Mito Popular…

Ciertas tendencias dentro del cristianismo aminoran o se niegan a trabajar por un mundo mejor, suponiendo que no tiene mayor sentido regar un árbol que está pronto a ser talado y echado al fuego. Encima, se cree que Jesús dijo que su reino era de los cielos y no de la tierra —un supuesto reino que “no es de este mundo”— y que, por ende, este planeta es algo pasajero, transitorio y, en última instancia, sin gran valor.

En contraste, otros están convencidos de que el reino de Dios se manifiesta en la tierra a través de gobernantes supuestamente iluminados. Inspirados por el emperador Constantino del siglo IV, o bien por el suizo Juan Calvino en el XVII, esto da licencia para que se quieran instaurar supuestas teocracias en donde algunos creyentes buscan imponer su visión supuestamente cristiana en todas las áreas de la sociedad.

...Perspectiva Silenciada

Esa primera interpretación ‘transmundana’, como la tacharía el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, se debe a al menos dos razones. Primero, la influencia griega y neoplatónica sobre el cristianismo ha causado que varios fieles hayan llegado a creer que la meta final de la vida cristiana es escapar de la oscuridad del mundo material para alcanzar la luz del mundo inmaterial —“irse al cielo después de morir”—.

Se debe, segundo, a una interpretación indebida del término griego “ἐκ”, que en español se ha traducido erróneamente como “de”. Pero “ἐκ” en griego quiere decir “desde”, “de entre”, “a partir de”…

“Ἡ βασιλεία ἡ ἐμὴ οὐκ ἔστιν ἐκ τοῦ κόσμου”.

De manera explícita e implícita, el cuarto evangelio afirma que el reino de Jesús no nace “desde este mundo…”, no comienza “a partir de este mundo…”, no “se rige por los estándares de este mundo”.

Más bien, es un reino que viene y que nace desde lo Alto —que emerge desde lo divino, podríamos decir—, pero que se manifiesta dentro de este mundo y que es para este mundo.

Esto se vuelve más evidente al leer también entre las líneas. Si el mensaje y la obra de Jesús no hubieran tenido alcances políticos de principio a fin —y si las autoridades no lo hubieran percibido como alguien con pretensiones liberadoras y mesiánicas como las de un rey (sino por el contrario como un simple ‘gurú espiritual’ enfocado en evacuar a sus seguidores hacia el cielo)— los romanos se hubieran reído de él. Tampoco habrían encontrado en él amenaza ni razón alguna para crucificarlo, tachándolo de rebelde o insurreccionista. Un reino afuera de este mundo no le hace cosquillas ni al César ni a ningún magnate que pretenda seguir sus pasos.

II) La División entre el Estado y la Iglesia

Mito Popular...

Dadas las consecuencias trágicas que ha tenido la alianza entre la fe cristiana y el poder político, en los últimos 250 años occidente ha apoyado lo que conocemos como la división del Estado y la Iglesia. Esto en gran parte por el mal uso de poder por parte de la iglesia al tomar las riendas del Estado (aunque también por los abusos del Estado en contra de las iglesias).

Estos abusos van desde las cruzadas europeas con la Biblia en una mano y la espada en la otra, hasta las atrocidades coloniales contra los pueblos aborígenes perpetradas por la iglesia en las escuelas residenciales en Canadá; desde la Guerra de los Treinta Años entre católicos y protestantes comenzando en 1618, hasta los llamados ‘cristianos alemanes’ (die Deutschen Christen) que apoyaron abiertamente el régimen de Hitler hace ni siquiera 100 años.

Los conflictos internos del cristianismo también han sido notorios: el acosamiento y el juicio inquisidor de la sacrosanta iglesia Romana sobre el monje augustiniano alemán Martín Lutero; la persecución política de la corona anglicana hacia los puritanos en la Inglaterra del siglo XVII; la Guerra Civil en Estados Unidos entre cristianos esclavistas y cristianos abolicionistas en el XIX; el apoyo militar del ciertas naciones, supuestamente en el nombre de Dios y de la Biblia.

Con justa razón, esta y otras tantas barbaridades han llevado a muchos a creer que lo más conveniente es separar la ‘política’ de la ‘religión’. Como consecuencia, muchos consideran que la tolerancia es la virtud suprema en la sociedad de hoy. Intentan así relegar el fanatismo y la religiosidad tóxica a un lugar seguro, despojándolos de espadas, rifles y cualquier tipo de arma de fuego. En buenahora.

...Perspectiva Silenciada

Curiosamente, esta supuesta división ha llegado a convertirse a veces en un divorcio amargo, en una brecha radical o inclusive en una marginalización absoluta, ya sea de un lado o del otro. Algunos extremos buscan gobernar a mano dura, supuestamente en nombre de Dios; otros extremos pretenden borrar el nombre de Dios e imponer, más bien, la utopía de un humanismo secular.

Sin embargo, como lo han propuesto Michael Perry y otros, ‘división’ entre Estado e Iglesia no debería implicar ‘separación’. Tampoco debería implicar que el poder religioso domine al político, ni que el político domine al religioso. (De hecho, en el mundo antiguo en el que vivieron Jesús y los apóstoles, esa división simplemente no existía… la ‘religión’ y la ‘política’ y la ‘economía’ eran parte de un todo.)

¿Será que esa separación debería implicar, más bien, un diálogo, una relación respetuosa pero cordial, una sana distancia ‘entre’ el Estado y la Iglesia, pero sin aislar ni separar el Estado ‘de’ la Iglesia, ni viceversa? Dice el refrán: “ni mucho que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre.”

Paréntesis: Aquí nos topamos con una de las ironías de la historia, ya que esta división del poder político y eclesiástico la estableció el Papa Gregorio VII en el siglo XI (y posteriormente también en los Estados Unidos en los siglos XVII-XVIII). Pero la división se instauró precisamente para que el poder político/secular no interviniera ni limitara las libertades de las iglesias —mas nunca al revés, como sucede hoy—. El evacuar la religión de la esfera política jamás cruzó tampoco la mente de John Locke ni de Benjamín Franklin, por más deístas que hayan sido sus filosofías políticas.

Como lo señaló el teólogo alemán asesinado por los nazis, Dieterich Bonhoeffer, esta división llama, más bien, a reconocer que existe un Poder Superior al cual tanto las iglesias como los estados deben rendir cuentas. La supuesta autonomía absoluta de un Estado secular es la imagen opuesta de la arrogancia del triunfalismo eclesiástico o de la supremacía corporativa.

En contraste, los testimonios subversivos de los autores del Nuevo Testamento afirman que nada ni nadie tiene poder absoluto ni autoridad divina; tanto el César como el Papa están llamados a doblar rodilla ante quien el autor del Apocalipsis proclamó como el ‘Soberano’ de todos los reyes de la tierra (Ap 1).

Esta rendición de cuentas, por supuesto, no beneficia a ningún poderoso —ya sea secular o religioso—. Y es también la razón por la cual muchos —seculares o religiosos— continúan queriendo negar a Dios, o domesticarlo para transformarlo en un amuleto al servicio de sus deseos o caprichos, o bien evacuarlo para que gobierne en el cielo... y así poder ellos hacer lo que deseen aquí en la tierra.

Un Nuevo Presidente (y Ni Tan Nuevo)

Con este bosquejo regresamos a la pregunta inicial: ¿Por quién votaría Jesús? 

No soy quien para responder esa pregunta. Pero, imaginando nada más por un segundo que Jesús no tuviera otra opción más que escoger entre los candidatos actuales, me atrevo a especular lo siguiente: Jesús votaría —con muy grandes reservaciones, ‘sin querer queriendo’— por el ‘menos malo’ y por quien tenga el carácter más noble, más íntegro, quien utilice el poder político para darles prioridad a los desfavorecidos. Aunque sea un poco.

Dicho eso, desde la óptica de testimonios bíblicos es un error categórico y obsceno pensar que Jesús se vería restringido o limitado u obligado a darle alianza a una bandera o a una ideología. De acuerdo con la voz de los evangelistas y los apóstoles del Nuevo Testamento, Jesús no le debe cuentas a nadie. Y nada ni nadie gobierna en su Nombre —Nombre que Dios ha elevado por encima de todo nombre (Mt 28:18; Fil 2:9-11)—.

Más bien, Jesús comenzaría su propio movimiento de renovación, de perdón, de liberación demoníaca, de amor radical y de equilibrio entre las partes.

Jesús no le apostaría a la izquierda ni a la derecha, sino que vería hacia arriba y después caminaría hacia adelante con su propio proyecto de inaugurar el reino de los cielos aquí en la tierra.

Jesús se opondría a los arrogantes y a los falsos religiosos y les extendería, a su vez, una mano prioritaria a las personas oprimidas y a los verdaderos necesitados.

Jesús, de hecho, votaría por sí mismo y no buscaría ni necesitaría el permiso ni la aprobación de ningún gobernante, ni de ninguna élite, ni de ningún partido, para ponerle alma, cuerpo y corazón al reino de Dios y su justicia.

En efecto, eso y más fue lo que Jesús hizo hace ya casi dos mil años. Y desde entonces sus verdaderos seguidores lo han elegido a él —y sólo a él— como el único y verdadero Presidente, como el único y verdadero salvador y Mesías, como el único y verdadero Rey de reyes y Señor de señores... alguien que nos llama a seguir sus pasos en una postura de gracia, de humildad y de siempre (siempre) trabajar por la justicia y buscar la verdad.

El ecosistema de justicia, de paz y de amor sin límites que instauró Jesús no necesita del visto bueno de ningún mandamás. Está abierto a todas y todos, sin distinción de edad, raza, idioma o nacionalidad.

De acuerdo con los testimonios del Nuevo Testamento, ahí están el único voto y la única alianza segura: vivir bajo la sombra de la Cruz y trabajar, primero que nada, por el bienestar de los más necesitados, por la paz en la Tierra, por el cuido de la Creación, y honrar así, con nuestras acciones, al único y verdadero Rey que sigue reinando por los siglos de los siglos.


Para ir más allá...

  • Bauckham, R. (2011). Jesus: A Very Short Introduction. Oxford University Press.

  • Bonhoeffer, D. (1949) Ética, ed. E. Bethge.

  • Douthat, R. (2013). Bad Religion: How We Became a Nation of Heretics. Free Press.

  • Heilig, C. (2022). The Apostle and the Empire: Paul's Implicit and Explicit Criticism of Rome. Eerdmans.

  • Horsley, R. (2003). Jesus and Empire: The Kingdom of God and the New World Disorder. Fortress Press.

  • Horsley, R. (1997). Paul and Empire: Religion and Power in Roman Imperial Society. Trinity Press.

  • Perry, M. (2003). Under God? Religious Faith and Liberal Democracy. Cambridge University Press.

  • Phillips, E. (2012). Political Theology: A Guide for the Perplexed. T&T Clark.

  • Witte, J. y Alexander, F.S. (2011). Christianity and Human Rights: An Introduction. Cambridge University Press.

  • Wright, N. T. (2016). How God Became King: The Forgotten Story of the Gospels. HarperOne.

  • Wright, N. T. (1997). Jesus and the Victory of God (Christian Origins and the Question of God, vol II). Fortress.



Eduardo Sasso es Máster en Teología Interdisciplinaria y autor de Jesús Presidente, un proyecto explorando el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy.

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