Inforruptura: Cómo protegerse del robo de cerebros
- Eduardo Sasso

- 3 days ago
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Updated: 2 days ago
En el cine, en almuerzos familiares, en reuniones de trabajo, en clases o en citas de pareja —no es noticia que los llamados teléfonos inteligentes se han metido en todo lado—. Hoy son casi indispensables, ofreciendo la sensación de poder estar siempre al alcance de todo el mundo, a toda hora. De ahí que se hable de la hiper-conectividad.
Si bien estas tecnologías facilitan el trabajo, sacan de apuros y traen varias ventajas que no requieren más elogio, la hiper-conectividad también tiene su lado menos amable. Resulta obvio que algo estamos perdiendo con estar siempre conectados. La aparente omnipotencia de las pantallas demandando cada vez más atención hace fácil olvidar lo que era estar enteramente disponibles.
La conexión perpetua nos aleja de las personas de al lado; nos lleva a estar presentes, aunque ausentes; o, en palabras de Sherry Turkle, a estar “juntos, pero solos”. La nube digital se convierte así en una especie de ojo de huracán que parece succionarlo todo.
¿La Era de la Información?
El flujo constante de noticias, mensajes, llamadas y notificaciones ha llevado a algunos a rebautizar la Era de la ‘Información’ como la Era de la ‘Interrupción’. Paz hoy no se tiene, sino falta de quietud. Adicción insaciable a lo digital. Mentes y pensamientos aturdidos y cada vez más desarraigados del mundo físico, del mundo real en el que estamos anidados.

Por eso, tal vez ‘Inforruptura’ sea un mejor término. El tiempo de calidad ya casi ni existe. La inundación de las pantallas ha destabilizado de raíz el sentido de la realidad. Algo se ha roto.
Si bien la virtualidad atraviesa fronteras y encoge horizontes, también atenta contra la verdadera conexión. ¿Donde están los momentos de presencia plena? ¿Las conversaciones de lleno, sin intrusos? ¿Dónde la atención total y los cuerpos entregados a mejorar sus barrios y ciudades? Las pantallas nos roban la tranquilidad prácticamente en todo lado —en la mesa, en el escritorio, en la oración con Dios, y hasta en la cama, donde el régimen digital sigue infiltrándose a la una, a las dos y a las tres de la mañana—.
La inforruptura también profundiza una crisis que no es noticia para nadie: más soledad y más aislamiento. El celular nos enreda sutilmente en una maraña de narcisismo en la que cada quien tiene una realidad distorsionada al alcance de su mano —supuestamente—. La inforrupción crea un espejismo de comunidad y cercanía cuando, en el fondo, estamos cada día más solos, más ansiosos, y más desalmados.
En Estados Unidos, la Asociación de Salud de Estudiantes Universitarios revela las consecuencias de las pantallas omnipresentes:

El espacio virtual no tiene lugar para nuestro cuerpo real. Busca secarnos el cuerpo, chupándonos la mente, la atención, el pensamiento. Pero cuerpos somos, contrario a lo que afirmó Platón, como buen intelectual y cabezón, haciéndonos creer que somos almas eternas atrapadas en lo material. No. Falso. Somos cuerpos creados por Dios. Es más, según Pablo, el cuerpo está destinado a ser sagrado templo del Espíritu de Dios (1 Corintios 3).
¿Qué hacer para resistir la seducción y la ruptura que provocan estos aparatos de vanguardia? ¿Cómo proteger la mente y reclamar el cuerpo para que las pantallas no nos roben el tiempo ni la vida?
Tres Prácticas Alternativas
Primero lo primero: Necesitamos inspiración y poder desde lo Alto para tomar la decisión activa de no vivir sometidos a las apariencias y las pantallas. El celular fue hecho para el ser humano y no el ser humano para el celular. Es un simple instrumento; no un fin, ni mucho menos un dios. Alejarlo diez metros de la mesa de noche, apagarlo del todo al comer, guardarlo al hablar con alguien más, ponerlo en silencio después de las 8:00 de la noche.
Segundo, leer libros, pero no cualquiera. Un océano de información no implica tener ni una pizca de conocimiento —ni mucho menos de sabiduría—. De hecho, el neurocientífico de Harvard, Nicholas Carr, ha demostrado que Google nos está atontando. Los circuitos neuronales se están reconfigurando debido a la hiperestimulación virtual, lo que hace cada vez más difícil conversar y profundizar en lo que sea.
Por eso, hoy más que nunca necesitamos mentes sanas, mentes fuertes, mentes nobles. La lectura fortalece lo que las pantallas pretenden debilitar. Debemos retomar el tesoro tangible de la literatura y, ojalá, los libros clásicos que han pasado la prueba del tiempo (y ni qué decir de leer la Biblia, algo que cada vez menos judíos o cristianos hacen). Leer es para la mente lo que el gimnasio es para el cuerpo.
Tercero, desconectarse de la nube para interactuar aquí en la Tierra. Diferentes grupos y movimientos siguen demostrando que sí es posible evitar las garras del “tecnopolio” que Neil Postman criticó en la sociedad actual.
Una comunidad judía en Nueva York, por ejemplo, ha decidido desenchufarse de la tecnología cada sábado para tener un día de verdadero descanso pleno. De verdadera conversación. Hay otros que apagan su celular al llegar a casa para dedicarse más de lleno a sus seres queridos. En un esfuerzo por reforzar relaciones, mucho se gana al desconectarse: reconectarse de lleno con uno mismo, con los amigos, con la playa o el bosque, con la familia, con los más necesitados —y no menos importante, en oración y contemplación con la presencia de Dios, la única y verdadera Fuente de paz y de vida—.
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Interrupción, ilusión, irrupción, inforruptura —llámela como sea—, lo cierto es que los aparatos parecieran ofrecerlo todo y sin mayor costo. Y de que han traído muchas maravillas, no hay duda.
Pero también hay que recordar que todo en exceso es malo y que no todo lo que brilla es oro. ¿Será mucho pedirles a los celulares que brillen por su ausencia? Por lo menos de vez en cuando. Que las luces de neón del metaespacio no nos roben la vida así de fácil, viviendo “linked in” pero “left out”.
Nos espera todo un mundo real más allá de las pantallas.
Para profundizar más
Nicholas Carr, The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains. W. W. Norton & Company, 2011.
Jonathan Haidt, The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood is Causing an Epidemic of Mental Illness. Penguin, 2024.
Neil Postman, Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business. Penguin, 1985.
Sherry Turkle, Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. Basic Books, 2011.



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